FEMUR reivindica el papel de la mujer en el campo y su hotel rural de Hontalbilla ante la «caja de cerillas» de las ciudades

FEMUR reivindica el papel de la mujer en el campo y su hotel rural de Hontalbilla ante la «caja de cerillas» de las ciudades

El germen de la Federación de la Mujer Rural (Femur) surgió en 1983 con la asociación de Hontalbilla. Su presidenta, Juana Borrego, que se había aplazado allí como profesora, fue elegida alcaldesa precisamente aquel año. «Me di cuenta de que las mujeres no salían de casa, solo a la misa de los domingos. Yo venía de Salamanca y me llamó la atención». Su primera iniciativa fue convocar a algunas madres de sus alumnos a un café. Al entrar en el bar, recuerda la respuesta masculina. «¡Pero bueno! ¿Estas a qué vienen?» Cogieron asiento y jugaron a las cartas, como los hombres. A la semana siguiente, el objetivo era que cada una de aquellas mujeres trajera a otra. Así nació una federación internacional que supera el medio millón de mujeres.

Hontalbilla, apenas a hora y media de Madrid, es el mejor ejemplo de esa vida saludable. Femur transformó las instalaciones de los cursos de formación la década pasada en un hotel rural con habitaciones completas, seis aulas de usos múltiples para talleres de todo tipo, aulas de informática con dotación audiovisual o un salón grande para unas 500 personas. A ello se añade el servicio de cocina, comedor o biblioteca, así como amplias formas de descanso, con 28.000 metros cuadrados alrededor o plantas medicinales o aromáticas. Femur cuenta también con un vivero de plantas autóctonas, huertas ecológicas o diversa programación de actividades deportivas, culturales o gastronómicas disponibles para cualquier grupo o empresa.

Los primeros actos de esas asociaciones emergentes fueron sobre alimentación o ginecología. «Antes, las mujeres salían de compras con una bata de estar en casa, las zapatillas y los rulos. La forma de vestir fue clave para romper los esquemas que había», repasa Borrego. El eco de esas primeras actividades se extendió y así surgió en 1991 Femur, entonces con unas 300 asociaciones, para cambiar un diagnóstico claro. «Eran machistas perdidos, llegar a casa y tener su ropa, zapatillas y comida. Y la mujer estaba esperándoles para abrir la puerta». Ese movimiento asociativo atacó esa carencia de actividades en el medio rural.

La movilización de la mujer rural no ha parado y Femur supera ya las 2.500 asociaciones, con la lucha por una vida más social y cultural. Un aspecto clave era la defensa por los servicios mínimos de los pueblos o las dificultades para conseguir guarderías. La federación apostó por los cursos de formación, que sirvieron como inserción laboral a través de títulos propios. En total, más de 5.000 cursos para más de 75.000 mujeres. En la actualidad imparten formación profesional de medio ambiente, animación cultural, auxiliares para residencias, cocina o estética.

Además de la igualdad, Femur lleva consigo la lucha contra la despoblación. Borrego pide planes estructurales a nivel político para un problema «que no es de hoy». Y lo explica: «Nosotros lo que queremos es que las mujeres se mantengan en los pueblos, son las que van a dar vida. Para eso tienen que trabajar. Y tiene que haber una movilidad para que puedan irse a 20 o 30 kilómetros de su casa». Lamenta un sistema que prioriza recursos en las grandes capitales y esgrime que las mujeres que trabajan en la agricultura representan un tercio de la población mundial. «Somos un agente clave para conseguir todos estos cambios».

Pese al camino recorrido, sigue habiendo trabas. «Por mucho que queramos, la mujer sigue manteniendo su trabajo en casa, con los hijos. Hay que reconocer que el machismo aún perdura». Borrego habla de la igualdad de oportunidades como meta y la educación como vehículo para lograrla. «Que en los pueblos se puede vivir mucho mejor que en las ciudades. Que los ciudadanos que están multiplicándose en cajas de cerillas puedan habitar con más paz los pueblos».

La presidenta pide tener en cuenta a las mujeres «en su valía», como muestra la Feria de la mujer rural, un escaparte para las emprendedoras, que pueden promocionar así sus productos, especialmente valiosos. «Son artesanales, los hacen con un esmero especial y no con las máquinas con las que hacen otros productos. Segovia tiene una sensibilización con esta feria porque así se ayuda a las familias y a los pueblos. Para muchas, lo que sacan en la feria les vale para medio año». La feria lleva ya 23 años y cuenta con más de un centenar de expositoras.